«El hombre ha sido siempre un lobo para el hombre. Pero sobre todo para las mujeres»

«El hombre ha sido siempre un lobo para el hombre. Pero sobre todo para las mujeres»

Hablamos con Isabel Alba sobre su última obra, 'La danza del sol', el relato sobre un mundo fragmentado en el que diferentes historias parecen condenadas a chocar.
11 diciembre, 2018
Laura M. Coronel
La danza del sol. Foto: Acantilado.
  • Entrevistas

«El hombre ha sido siempre un lobo para el hombre. Pero sobre todo para las mujeres»

Laura M. Coronel
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«Una buena novela descubre mejor la realidad que el mejor de los ensayos. Hay que defender la literatura como herramienta de cambio«, nos cuenta la autora de La danza del sol, un libro que atrapa a quién lo lee desde la primera página para llegar, sin respiración, hasta el final.

La escritora donostiarra Isabel Alba (1959) narra en su cuarta novela, La danza del sol (Acantilado), una historia coral, inexorablemente trágica, con cuyos personajes es fácil identificarse porque podríamos ser cualquiera de nosotros, y lo hace con un estilo preciso, contundente y poético.

¿Por qué «La danza del sol«?

El título es esencial. Define un libro. Cuando tengo una idea para una novela lo primero que busco es su título. Una idea es algo muy amplio e impreciso. Al ponerle título, la acotas. Le marcas unos límites. Una dirección. Solo después de haber encontrado el título de un libro puedo empezar a escribirlo. Solo entonces sé con claridad qué quiero contar. El título lo determina. La danza del sol es un canto a la vida. Un canto de agradecimiento por parte del ser humano que la disfruta y debería mantenerla. Hay y ha habido muchas danzas del sol. Diversas pero en el fondo iguales. Todas obedecen a lo mismo: al asombro ante la vida. Y ese asombro se ha sacralizado en todas las culturas.

Pero lo que dices contrasta con la realidad de los personajes que parecen condenados a sufrir y a hacerse sufrir…

Una cosa es el deseo y otra muy distinta la realidad en que se desarrollan nuestras vidas. Pero ni la realidad ni el deseo son naturales, están mediados por condiciones completamente ajenas a nuestro control. El capitalismo nos genera unas expectativas de felicidad que frustra de continuo, condenándonos a no ser felices nunca. Y lo que es peor, condenándonos al sufrimiento. Las aspiraciones inalcanzables, una realidad siempre frustrante, nos imposibilitan para reconocer y satisfacer los deseos más primigenios y simples: nos imposibilitan para bailar al sol con la gente a la que amamos. Esa dicotomía atraviesa La danza del sol.

Isabel Alba. Foto: Acantilado.

 

Homo homini lupus, ¿es el hombre un lobo para el hombre?

No siempre. «La duplicidad es parte de nuestra naturaleza -sostiene el doctor Al-Zahar, uno de los personajes de La danza del sol-, somos capaces de lo peor y lo mejor. Ahí reside nuestra grandeza». Es una elección ética. Pero para poder hacerla se necesitan herramientas -empatía, educación, cultura-. Y sobre todo respuestas, comprender la procedencia del sufrimiento de uno. Cuando se está en una situación crítica y se carece de instrumentos para entenderla lo más fácil es culpar a quienes son más frágiles, más débiles aún que nosotros. Canalizar en ellos nuestra rabia. Nuestra desesperación. De eso se aprovechan, por desgracia a menudo con éxito, los discursos de extrema derecha. Manipulan el sufrimiento humano para arrojar al débil contra el más débil.

Me gustaría añadir que, en algunos momentos, en La danza del sol, he utilizado la palabra hombre de forma premeditada. Podía haberla sustituido por ser humano, pero no quise. Fue algo muy pensado. A lo largo de la historia, en muchas ocasiones, el hombre ha sido un lobo para el hombre pero, sobre todo, para las mujeres.

Las mujeres y las niñas son el eslabón más débil de la cadena y sobre quién recae todo el peso de la violencia.

En efecto, las mujeres están muy presentes en La danza del sol. Toda la novela está atravesada por la perspectiva de género.

Sí, las mujeres van reclamando su espacio a lo largo de la novela, que sin duda muestra nuestra realidad: Las mujeres, como sostenedoras de la vida que somos, no solo cargamos con nuestros propios sufrimientos sino también con todos los ajenos. Esto inevitablemente, además, se agudiza cuando se desmorona la cotidianidad. Al mismo tiempo, somos víctimas de la violencia diaria que los hombres ejercen sobre nosotras, que aumenta hasta límites impensables en los momentos críticos, aquellos en que la rutina se rompe. Las mujeres y las niñas son el eslabón más débil de la cadena y sobre quién recae todo el peso de la violencia cuando ésta se desata. Y así generación tras generación. La violencia está presente en la vida de Dolores y en la de su hija, Pilar, y en las de las nietas de ésta. Está trágicamente presente en la vida de Laura y en la de Ziba. La violencia cotidiana y, la más dolorosa y terrible, la de los momentos de excepción, está presente en las vidas de todos los personajes femeninos del libro.

La desesperación y el miedo parecen los protagonistas de La danza del sol.

Y, de algún modo, lo son. Pero insisto: Es un sistema bárbaro el que lo provoca. Ese lado oscuro que todos tenemos, y que menciona el doctor Al-Zahar, es del que se alimenta el capitalismo. Saca lo peor de cada uno de nosotros. En otras condiciones quizá Tamer sería médico y su hermano Abdu ingeniero. Aunque, ojo, las circunstancias pueden explicar, pero nunca justificar. No cabe resguardarnos en ellas para librarnos de nuestra parte de responsabilidad. En la novela está también presente todo el abanico de posibilidades humanas: en circunstancias igualmente adversas las decisiones de Laura o de Nadya no son las mismas que las de Thomas o las de Miguel.

En La danza del sol también hay lugar para la ternura y el amor. Me viene a la cabeza el capítulo que dedicas a Lidia y Daniel: «No hay nada. Solo está lo cálido e intenso que los recorre. Nada más».

Los seres humanos, cuando sufrimos, solemos volvernos egoístas, nos centramos en nosotros mismos. O, lo que es peor, nos convertimos en depredadores. Cuando amamos, nos disolvemos, comulgamos con el otro o los otros. Aumenta el sentido de colectividad. No quiero decir con esto que no haya quién se identifique con el sufrimiento ajeno, a través o no del suyo propio, y luche por los derechos colectivos. Eso es la solidaridad. Pero es más fácil sentirse cerca de los demás y de nuestro entorno cuando nos sentimos felices: «Se besan. Los labios pegados. Muy quietos. Los dos. Se besan. No son. No tienen cuerpo. Da igual. Quienes sean. No son. De ninguna parte. Como el mar. Se besan. No son. De ninguna parte. Como el cielo. Daniel susurra:
te quiero«.

En medio de tanta infelicidad, me costó mucho escribir ese capítulo. Pero lo considero esencial. Conecta con el baile, y el sol.

En algunos momentos del libro, uno tiene la tentación de dejarse llevar por el pesimismo. Pensar, en contra de la opinión del doctor Al-Zahar, que no hay futuro, que la balanza se ha desequilibrado de forma definitiva hacia el lado del mal. ¿Por qué, entonces, seguir adelante?

Para cambiar esa tendencia. Para inclinar del otro lado la balanza. Porque nada es nunca definitivo. Porque todo se puede, siempre, trocar. Y ese cambio no hay que buscarlo en un futuro remoto. Ha de darse en el presente. En el día a día. En cada una de nuestras decisiones. Todas son trascendentales, incluso las más pequeñas e insignificantes. Ninguna, a la larga, pasa desapercibida. Cito a menudo a Hannah Arendt cuando, en «Eichmann en Jerusalén», dice que «nada podrá ser jamás prácticamente inútil, por lo menos a la larga». Estoy de acuerdo con ella. De hecho, esta idea es central en todas mis novelas. Nada se pierde.

Todos nuestros actos, hasta los más aparentemente banales, tienen repercusión, más pronto o más tarde, en la cadena que conforma la humanidad. Por otro lado, esa balanza de la que hablamos está en cada uno y su mecanismo es muy delicado. Puede, ahora, inclinarse hacia un lado, y un momento después hacia el contrario. Depende en gran manera de nuestras emociones. Está reflejado en muchos de los personajes de La danza del sol, en Rocío, en Paloma, en Antonio o en Thomas. Cualquiera de ellos podríamos ser cualquiera de nosotros. Todos incurrimos constantemente en contradicciones. Pero hay que saber nivelar la balanza cuando se inclina hacia el peor lado, como Rocío o Paloma. Eso es lo que verdaderamente importa.

«Hay que recuperar la memoria con todas sus consecuencias. La memoria nos arma».

La memoria, igual que en tus anteriores novelas, está muy presente en La danza del sol. Por ejemplo, cuando Pilar recuerda a su madre o a su hermana, o Ziba revive la guerra, o Thomas vuelve, una y otra vez, a su infancia y a su padre.

Cierto. La memoria está muy presente, pero en este caso, aún lo está más el olvido. Todo aquello que los personajes no pueden recodar porque lo desconocen. Nadie se lo contó. Lo que Pilar no sabe de su madre ni de su padre. Lo que Daniel intuye de Ziba, su madre, y sobre lo que ésta guarda silencio. La oscuridad que rodea la figura del padre de Thomas y que tanto peso tiene sobre él y sobre sus actos. Lo que su padre jamás le ha dicho a Miguel cuando al atardecer se sientan juntos, en silencio, en el sofá. Que algo esté oculto, porque no ha sido contado, porque no se ha dicho, no le resta existencia. Y lo que es peor, no deja por ello de influir sobre nuestras vidas. Sobre el futuro individual y el colectivo. Diría que, incluso, influye todavía más, puesto que su influjo es inconsciente.

Pesa sobre nosotros, pero no podemos controlarlo porque desconocemos de dónde procede ese peso. Hay que recuperar la memoria con todas sus consecuencias. La memoria nos arma. Recordar nos da herramientas para no repetir errores. Para cambiar el futuro. Por eso está tan presente en todos mis libros. Es una obsesión. Solo conociendo el pasado podremos, desde el presente, construir otro futuro.

¿Por eso la cita de de Brentano que abre el libro?: «Las personas no son capaces de decirse nada, más sí de contarse todo».

En efecto. Hay cosas que son muy difíciles de decir. A menudo callamos. Por dolor. Por miedo. Preferimos dar la espalda a la realidad, como si de este modo pudiéramos hacerla desaparecer. En cambio, sí somos capaces de contárnoslo todo en la ficción. La literatura preserva la memoria de forma mucho más eficaz que cualquier documento. Una buena novela descubre mejor la realidad, sus mecanismos internos, que el mejor de los ensayos. Cumple, además, muchos otros cometidos: no solo muestra, sino que revive y manifiesta, y aún más importante, cura y transforma. Hay que defender la literatura como herramienta de cambio.


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