Cuando el delito es necesitar ayuda
La Mirada de Hugo Martínez Abarca

Cuando el delito es necesitar ayuda

A nuestro Código Penal le da igual el paciente, su libertad, su vida, su sufrimiento.
9 abril, 2019
Hugo Martínez Abarca
Lo que castigan es que se necesite ayuda
  • Derechos Humanos

La Mirada deHugo Martínez Abarca

Cuando el delito es necesitar ayuda

Hugo Martínez Abarca
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En los años noventa era bastante habitual distinguir entre eutanasia activa y pasiva. La eutanasia pasiva consistía en no prolongar artificialmente la vida de alguien, evitar el encarnizamiento terapéutico, por resumir: desenchufar la máquina y dejar morir al enfermo. La eutanasia activa consistía en poner algún medio para que muera quien no quiere vivir: por ejemplo, dar pentobarbital sódico a María José Carrasco, como vimos ayer en El Intermedio.  Pero también se hablaba de eutanasia para referirse a cualquier medida encaminada a evitar el dolor del paciente acortase o no la vida: las unidades de dolor eran escasas y relativamente incipientes y la sedación terminal era bastante desconocida por lo que aún mucha gente moría con innecesario sufrimiento. Eutanasia significa literalmente buena muerte y por tanto eutanasia es, como en los noventa, la muerte libremente planificada para evitar un sufrimiento mayor.

Hoy ya nadie usa la palabra ‘eutanasia’ como hace 25 años. Pese a que el Código Penal no incluye la palabra ‘eutanasia’, su significado coloquial se ha ido acortando para que siga coincidiendo con aquella decisión libre sobre la vida de uno mismo que no afecta a nadie más pero que el Estado, la Iglesia o Pablo Casado se creen autorizados para prohibirnos.

No existe una diferencia moral relevante para el enfermo entre lo que llamábamos eutanasia activa y eutanasia pasiva. Como no la existe entre ambas y el suicidio racional y libremente decidido de alguien a quien en plenitud de facultades la vida le quita más que le da. Son tres caminos paralelos hacia una muerte evitable pero deseada y decidida libermente: la diferencia no es moral sino funcional.

En aquellos años en los que el nuevo Código Penal (1995) y Ramón Sampedro (1998) trajeron el debate de la eutanasia al centro, los totalitarios que pretenden decidir sobre la libertad más sagrada de un individuo (la decisión sobre la vida de uno sin perjudicar a otro) arrinconaron el debate en una estupidez análoga a la que usaron cuando se oponían al matrimonio entre personas del mismo sexo porque etimológicamente el matrimonio debía llevar a la maternidad (olvidándose de nuevo de las lesbianas).

Entonces nos explicaron que el juramento hipocrático (una versión decimonónica de un texto de hace 2.500 años) prohibe explícitamente la administración de medicamentos mortales (o abortivos, por cierto) y que por tanto un médico podía dejar de hacer cosas para prolongar la vida, pero nunca hacer algo para acercar la muerte. El argumento es de una pobreza intelectual radical, de un ensimismamiento en la retórica bizantina que deberíamos haber superado en 2019. Y es un argumento en coherencia con el cual también habría que oponerse a la sedación para empezar. Afortunadamente hemos avanzado en los últimos 2.500 años, y más aún desde el siglo XIX, al menos la mayoría.

A nuestro Código Penal le da igual el paciente, su libertad, su vida, su sufrimiento. Ataca a quien no se vale por sí mismo, pone un castigo extra a quien necesita ayuda,  persigue a quien es tan generoso como para ponerse al servicio de la sagrada libertad de otra persona incluso en una situación de radical gravedad.

Cuando alguien decide que su vida debe llegar a su final y puede tomar la decisión por sí sólo, no hay reproche legal: el suicidio no es delito ni cuando es exitoso (por motivos obvios) ni en grado de tentativa. La eutanasia pasiva no es delito porque simulamos que es cualitativamente distinto desenchufar y administrar un fármaco. La eutanasia activa no es delito porque muera alguien sino porque alguien le ayuda.

En 2019 todavía hay quien se cree con derecho a que nadie (otra persona, un sacerdote, el Estado, la sociedad o el sursum corda) le diga a otro qué tiene que hacer con su vida, con la suya propia, con su libertad. No tienen derecho. Es ilegítimo siquiera que opinen qué debe hacer cada uno con su vida: nosotros no les diremos nunca que no deben sufrir y que acorten su vida, respetaremos su libertad sobre sí mismos, lo único sagrado que debe reconocer todo el mundo.

Ángel Llorente ha sido infinitamente generoso. Primero por su acto de infinito amor y respeto a su mujer, María José Carrasco; y ahora con nosotros, por ofrecerse para permitirnos luchar contra quienes pretenden seguir diciéndonos que saben más sobre cómo debemos vivir y morir que nosotros mismos.


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