Democracia española en el siglo XXI
La Mirada de Jacinto Vaello

Democracia española en el siglo XXI

"Es necesario un esfuerzo de educación cívica y de asentamiento de una cultura de convivencia, pilares posibles para una construcción democrática sólida"
14 marzo, 2019
Jacinto Vaello
  • Opinión

La Mirada deJacinto Vaello

Democracia española en el siglo XXI

Jacinto Vaello
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Un columnista recuerda en estos días unas palabras de Tocqueville, ese señor que escribió “De la democracia en América”, allá por 1835, inspirándose en la democracia norteamericana para reflexionar sobre la democracia en general.  Concretamente, con su lucidez característica, el autor decía que ” la democracia no es gobernar en nombre del pueblo, sino hacerlo respetando las voluntades reales del pueblo”.

Referencia más que necesaria en un país que, como España, tiene una tradición menor y se encuentra en esta materia algo así como en la adolescencia.

Otro columnista nos recuerda que España inicia su camino democrático esforzándose por dejar atrás sus pobrezas históricas, que él resumía en unas elevadas tasas de paro sostenidas en el tiempo, un terrorismo recurrente en el País Vasco, una economía atrasada apoyada en un tejido productivo débil, una concentración de poder económico excesiva – yo diría que, sobre todo, propia de una sociedad pre industrial – y una esfera pública raquítica – yo añadiría que la necesaria para mantener en funcionamiento una sociedad dual y excluyente, es decir, una sociedad en la que la mayor parte de la población ni siquiera accedía a servicios y prestaciones propios del sector público -.

Todo esto sitúa a la democracia española en su punto de partida, si exceptuamos algunas incursiones menores en tiempos remotos. Y el dicho punto de partida muestra flaquezas por todos lados, lo que cierra el círculo inicial: poco más que “gobernar en nombre del pueblo” es lo que puede hacer la clase política emergente tras la muerte de Franco. Lo de “respetar las voluntades reales del pueblo” queda de hecho para un incierto futuro, cuando la España pos franquista deje atrás la resaca de cuarenta años de dictadura. ‘Ya se verá’, habría que añadir.

Pero en el siglo XXI, concretamente en 2018-2019, los fundamentos de la democracia española siguen siendo muy débiles. Los indicios se multiplican día tras día y no hace falta entrar en un recuento pormenorizado. Pese a ello, lo que parece mucho más grave, y es una cuestión sobre la que hay que incidir reiteradamente, es el ambiente cultural en el que tienen que asentarse esos fundamentos.

A este respecto, las advertencias nos llegan constantemente desde fuera de España, sobre todo desde Bruselas. Por ejemplo, nos señalan que la proporción de personas que abandonan prematuramente la educación y la formación es muy elevada y no disminuye como debiera, que el riesgo de pobreza o exclusión social sigue siendo demasiado grande, especialmente en el caso de los niños, y que las transferencias sociales tienen una escasa incidencia en su reducción (es decir, que no son suficientes para compensar los efectos negativos de las condiciones sociales descritas).

Es decir, y sin ánimo de desalentar a nadie, se puede resumir lo dicho hasta aquí de la manera siguiente: la historia democrática de España ha sido muy pobre y no ha llegado a constituir un soporte cultural suficiente para sobrellevar y dejar atrás los tiempos de su ausencia; la construcción hecha tras la muerte de Franco tenía tantas debilidades de partida que poco más de lo que conocemos hoy podía llegar a consolidarse a través de una institucionalidad fuerte y unas prácticas democráticas extendidas; y que, como consecuencia de una cultura política pobre y una educación con demasiados flecos sueltos, los fundamentos para el próximo futuro democrático son más que cuestionables.

Lo dicho viene a reforzar la idea de que es necesario un esfuerzo multiplicado de educación cívica y de asentamiento de una cultura de convivencia, únicos pilares posibles para una construcción democrática sólida.


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