El deterioro del empleo como síntoma: crisis o cambio estructural
La Mirada de Jacinto Vaello

El deterioro del empleo como síntoma: crisis o cambio estructural

Los procesos de modernización de la economía nos llevan a un escenario en el que el crecimiento no viene acompañado de la creación de empleo.
28 diciembre, 2018
Jacinto Vaello
  • Economía

La Mirada deJacinto Vaello

El deterioro del empleo como síntoma: crisis o cambio estructural

Jacinto Vaello
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Estamos inmersos en un proceso de ‘modernización’ de la economía. Modernización quiere decir hoy en día transformación estructural para adentrarse en ‘buenas condiciones’ en el siglo XXI, y quiere decir más en concreto «globalización absoluta del espacio en el que se mueven los capitales» y «desregulación de los mercados», particularmente el mercado laboral.

Si «globalización» y «desregulación» se han hecho plenamente vigentes entre fines del siglo XX y primeras décadas del siglo XXI, lo que tenemos ante nosotros es un cambio de época: partimos del progreso social como proceso histórico asociado a crecimiento económico, generación de empleo, extensión de los salarios como remuneración del trabajo y mejora constante del bienestar social y avanzamos hacia el afianzamiento de un modelo económico que necesita menos empleo, no depende estrictamente del poder adquisitivo de los salarios, concentra rápidamente la riqueza y se apoya cada vez más en las ventajas de la liberalización total de los mercados financieros.

Esta descripción, si se acepta como válida, nos conduce a una conclusión inevitable: la tendencia que se impone tiene efectos duraderos sobre el mercado laboral, el comportamiento de éste se hace cada vez más funcional al nuevo capitalismo del siglo XXI y sus altibajos se deben única o muy principalmente a los avatares propios de la nueva época. Ni la aparición de signos macroeconómicos positivos ni los registros de empleo ocasionalmente en aumento son indicios de que han quedado atrás los efectos más perversos de «la crisis», porque dichos rasgos no son ‘efectos del pasado’ sino síntomas de un nuevo presente.

Un breve repaso de los indicios que se acumulan va dando cuenta de la tendencia señalada y mostrando la profundidad de los cambios. De manera resumida se puede hacer referencia a:

  • Caída de la ocupación: hacia fines de 2017 las horas trabajadas en España habían caído un 6 por ciento desde 2012, pese a que había1,3 millones de ocupados más. Es decir, tras la apariencia de aumento, que se describe con el número de ocupados, se oculta la caída, que se resume en menos horas trabajadas.
  • Aumento de la contratación a tiempo parcial: el troceamiento de los puestos de trabajo que se refleja en los contratos a tiempo parcial explica la aparente paradoja del mayor número de ocupados coexistiendo con el menor tiempo de trabajo. Aquí hay que computar a los «ocupados subempleados», es decir, personas que trabajan a tiempo parcial aunque querrían trabajar más horas. El troceo del empleo se intensifica: tres trabajadores por cada dos nuevos trabajos.
  • Aumento de la temporalidad: en el último año el trabajo temporal ha crecido el triple que el indefinido y la tasa de temporalidad ha saltado hasta el 27,4 por ciento, una de las más elevadas de la eurozona. Y los tiempos de contratación son cada vez más cortos. Asimismo, cerca del 27% de la población ocupada trabaja con contratos temporales, pese a que una de cada tres personas en esta situación llevan más de dos años en su empresa: es decir, la temporalidad es cada vez más estructural. Además, su extensión coexiste con un veloz aumento de las horas extraordinarias, que en su mayor parte no son pagadas ni cotizadas, al tiempo que la jornada media anual efectiva se ha reducido de 1.765 a 1.648 horas. Es decir, asistimos a la consolidación de un nuevo mercado de trabajo , no a ‘un problema coyuntural que se irá superando con la recuperación’.
  • Caída de las remuneraciones: menores tiempos de trabajo, temporalidad extrema y remuneración horaria en disminución están en el origen de una reducción general de los ‘salarios’ (como se sabe, además, muchas de las remuneraciones del trabajo han dejado de ser salarios), lo que implica menor poder adquisitivo.
  • Diferenciación de los estratos salariales: las crecientes diferencias entre mayores y menores remuneraciones al trabajo están ya muy documentadas y no hace falta insistir en ello, en cambio sí hay que tomar nota de lo que esto significa: caída del poder adquisitivo de los trabajadores con mayor propensión al consumo, lo que lo debilita y – solo en teoría, a la vista de los cambios estructurales – pone en riesgo el soporte principal del sistema capitalista. Para completar el cuadro hay que añadir que más de la mitad de las empresas ofrecen a los nuevos contratados salarios inferiores a los que cobra su plantilla actual: es decir, hay que recalcar una vez más que estamos ante una tendencia estructural.
  • Deterioro creciente de las condiciones ‘ambientales’ de trabajo: los indicios son numerosos, pero estos días aparece una manifestación extrema que hay que destacar. Los medios informan acerca de las condiciones en una empresa puntera del capitalismo actual: una investigación de The Wall Street Journal (nada propenso a inclinarse hacia la izquierda, como sabemos) revela que «Los trabajadores de Netflix deben señalar a qué compañeros despedirían si quieren seguir en la compañía». Es decir, la delación como cualidad laboral.
  • Mayor participación en el empleo de sectores de bajo valor añadido: aquí reside uno de los aspectos cruciales, porque tiene directa relación con todo lo demás. Los sectores de bajo valor añadido son precisamente los que generan la proliferación de empleos a tiempo parcial, temporales, mal remunerados,… Esto se concreta en la galopante sustitución de las producciones de bienes, incluidas las más avanzadas, por las producciones de servicios, con predominio creciente de los menos cualificados; para simplificar: la sustitución de la industria por el turismo, como le viene sucediendo a la economía española desde los años ochenta del siglo pasado. Los coletazos simbólicos se suceden: cierra la Naval, parte relevante del motor industrial que fue la Margen Izquierda de Bilbao, y se dejan ver cada vez más indicios y más sólidos de que se prepara una contracción brutal de la industria del automóvil; paralelamente, el peso laboral de la hostelería en España duplica al de Italia, Francia o Alemania.

Nada de todo esto parece estar cerca de un cambio de signo. La acumulación de rasgos negativos es sencillamente la descripción detallada del nuevo mercado laboral, que se abre paso para permanecer en el tiempo. No hay el menor indicio de que todo esto se limite a ser un «fallo de la recuperación» de la crisis.

De hecho, España sigue perdiendo población activa. Ni siquiera la recuperación económica ha frenado la tendencia. Las últimas proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE) estiman que la tasa de actividad de la población española de 16 años o más pasará del 59,5% en 2016 a un 53,8% en 2029. No se dice en estos términos pero la traducción es evidente: sobra población activa en el modelo del capitalismo del siglo XXI. Esto es mucho más serio, duradero y peligroso que los vaivenes ocasionales del empleo.


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