La “limpieza a fondo” de Bolsonaro
Invitado
La Mirada de Javier Amador

La “limpieza a fondo” de Bolsonaro

Los demócratas debemos tener muy claro quiénes son nuestros adversarios ideológicos y quiénes son enemigos de la propia democracia.
5 noviembre, 2018
Javier Amador
Jair Bolsonaro, interviniendo en una comisión en 2010. Foto: Janine Moraes. (Wikimedia)
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La “limpieza a fondo” de Bolsonaro

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“A través del voto no se cambia nada en este país, absolutamente nada. Solo se cambiará, infelizmente, si un día empezamos una guerra civil”. Esto es lo que decía el ya presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, en 1999. Añadía que no había problema en que muriesen “algunos inocentes”, pues ese es el coste de las guerras. Sus declaraciones definen el perfil del capitán en la reserva que va a dirigir la octava economía mundial durante los próximos cuatro años.

Resulta casi paradójico que haya triunfado en las urnas un nostálgico de la dictadura militar. Tiene un reproche, eso sí, para el régimen que gobernó el país brasileño durante dos décadas: “El error de la dictadura fue torturar y no matar”.

Mucho se ha escrito de las innumerables descalificaciones que Bolsonaro ha lanzado contra la comunidad LGTB. Llegó a decir que preferiría la muerte de su hijo en un accidente de coche “a que aparezca con un bigotudo por ahí”. Esto cobra más importancia si cabe en un país donde cada 19 horas muere una persona víctima de la LGTBfobia (387 asesinatos y 58 suicidios son los casos documentados en 2017). Se esperaría de un gobernante con un mínimo de humanidad la voluntad de poner fin a estos crímenes. ¿La respuesta? “En Brasil no hay homofobia, el 90% de los homosexuales que mueren lo hacen en locales de consumo drogas, de prostitución y asesinados por sus propios compañeros”.

Juega un papel fundamental la autoconsciencia que tiene cada brasileño de su posición en el enorme abanico de mestizaje.

No son, sin embargo, las personas LGTB las únicas a los que Bolsonaro ha despreciado durante toda su carrera política. De los afrodescendientes dijo, tras visitar una comunidad quilombola (formadas en el pasado por esclavos negros), que el “más delgado pesaba siete arrobas (100 kilos)” y que “ya no sirven ni para procrear”.

Aquí juega un papel fundamental la autoconsciencia que tiene cada brasileño de su posición en el enorme abanico de mestizaje que existe en el país. Esto ha quedado reflejado en las diferentes encuestas en las que cuanto más blanco se declarase el individuo, mayor era la probabilidad de que votase a Bolsonaro.

Más conocido, pero no por ello menos preocupante, es el ataque misógino a una adversaria política que dio la vuelta al mundo en 2003 y que reiteraba en 2014: “No merecería ser violada, porque es muy mala, muy fea”. De poco sirvieron las multitudinarias manifestaciones de mujeres que recorrieron las calles de Brasil recordando su historial de propuestas y declaraciones machistas.

La respuesta de Bolsonaro, sacada del manual del buen populista, fue proponer la castración química para los violadores y con ello subió en seis puntos porcentuales la intención de voto en el electorado femenino. Recordemos que cada dos horas y media una mujer sufre en este país una violación colectiva, según datos de 2016, y que se sitúa en el quinto puesto a nivel mundial en número de feminicidios.

El resultado de estas elecciones da rienda suelta a los deseos de un envalentonado Bolsonaro que, si en campaña avisaba de que las “minorías tienen que curvarse ante las mayorías” o “simplemente desaparecen”, ya el domingo celebraba su victoria arengando a los suyos a hacer una “limpieza a fondo”.

Los demócratas debemos tener muy claro quiénes son nuestros adversarios ideológicos y quiénes son enemigos de la propia democracia.

Debe preocupar a la comunidad internacional que en su primer discurso como vencedor de las presidenciales lanzara amenazas tan duras a sus opositores: “Estos rojos marginales serán borrados de nuestra patria. Esta patria es nuestra y no de esa banda, que tiene una bandera roja y el cerebro lavado”. La democracia en Brasil está en jaque y no podemos permanecer expectantes.

En lo que a España se refiere, todos deberíamos estar de acuerdo en que es un grave error usar la victoria de Bolsonaro como arma arrojadiza entre partidos políticos, cosa que hizo Pablo Echenique justo al día siguiente de los comicios brasileños.

De igual forma, debería ser evidente que denunciar el peligro que corre la democracia en Brasil tampoco te convierte en simpatizante de otros tiranos de América Latina, como se ha insinuado por parte de algunos conservadores. Los demócratas debemos tener muy claro quiénes son nuestros adversarios ideológicos y quiénes son enemigos de la propia democracia. Contra estos últimos, el frente debe ser común, transversal e internacional.


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