La historia de un invisible
La Mirada de Kowai Nana

La historia de un invisible

Nos aferramos a un modo de vida que es efímero en una sociedad que te valora por lo que posees, no por lo que eres.
29 diciembre, 2018
Kowai Nana
  • Desigualdad

La Mirada deKowai Nana

La historia de un invisible

Kowai Nana
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A estas alturas del año pretendía escribir sobre el 2018, sobre todo lo bueno y lo malo que ha dejado tras de sí. Hacer un resumen de todo lo que queda por cambiar y todo lo que hemos conseguido. Pero hoy caminando por la mágica Granada he conocido a una persona y quiero hablar de ella.

Su nombre es Juan y es una persona sin hogar que estaba en la Gran Vía con sus perros, sentado en un cartón abrigado con algunas mantas.

En mi familia siempre hemos dicho que aquellos que cuidan y quieren a los animales son buenas personas, por lo que nos hemos acercado para darle una ayuda y hemos acariciado a sus mascotas mientras hablábamos con él. Las primeras palabras por su parte han sido de agradecimiento y tras decirle que tampoco queríamos molestarle inmediatamente comentó que agradecía poder hablar un rato con alguien, ya que la mayor parte de sus días está en silencio sentado en el mismo lugar de siempre.

Nos habló de todos sus perros, de las historias de cada uno de ellos. De cómo los había rescatado y cómo se gastaba lo poco que tenía en sus vacunas, porque ante todo los quería tener sanos y cuidados. De cómo un día una persona agarró a uno de ellos y salió corriendo, aunque por suerte pudo detenerlo y recuperarlo.

Nos contó que un día buscando algo de cenar en unos contenedores escuchó como si hubiera un animal dentro aullando, y ese animal resultó ser un bebé que todavía tenía el cordón umbilical al que habían desechado cual basura. De hecho recordamos que salió en las noticias ya que finalmente detuvieron a la madre.

Tras un rato hablando con él decidimos despedirnos deseándole buena suerte y salud. «Bueno, la salud es más complicada ya que con el cáncer no hay mucho que hacer», nos respondió. Hace años su mujer y él tuvieron leucemia, y pese a que a él le dieron un peor pronóstico, fue ella la que falleció. Juan lo superó y ahora lucha contra otro cáncer. Y lo sorprendente es que da gracias por el tiempo extra que le ha dado la vida pese a las durísimas circunstancias en las que está.

«Muchas veces me siento como si fuera invisible. Hay personas que al darme una limosna lo hacen con asco, como si fuera a contagiarles una enfermedad. Les da miedo tocarme».

Al decirnos esto le dimos la mano, nos la apretó como poca gente ha hecho y con una sonrisa nos dio las gracias y nos deseó una buena noche.

Durante todo el rato que estuvimos hablando con él, mucha que gente que pasaba se nos quedó mirando. Algunos se giraban y otros cuchicheaban. Y os prometo que hacía tiempo que no tenía una conversación tan interesante y agradable.

Muchas veces no somos conscientes de lo que tenemos. No valoramos lo suficiente lo bueno que nos pasa, la casa en la que vivimos o a la gente que nos rodea y nos da compañía. No somos capaces de mirar a nuestro alrededor y nos quejamos continuamente de nuestros problemas o de lo que queremos pero no tenemos. Como dicen: «mal de muchos, consuelo de tontos», pero hoy esta persona me ha hecho darme cuenta de dos cosas.

La primera es precisamente sentirme agradecida por todo lo que me rodea. He pensado en mi familia, en mis amigos, en mi trabajo, en mi casa, en mi mascota, en mi salud. Tengo aspiraciones, tengo metas y tengo deseos de más, pero me ha hecho pararme a pensar en ello y me he sentido feliz.

La segunda es el cómo miramos muchas veces por encima del hombro, cómo nos sentimos superiores al resto y cómo muchas personas sienten asco o desprecio por gente como Juan. No comprendo cómo pueden cuchichear al vernos hablar con alguien tan agradable e interesante mientras van cargados de bolsas, calentitos con sus abrigos y sus guantes.

Lo único que nos diferencia de él es una mala decisión o un mal momento. Un despido o un divorcio. Un embargo o una adicción. Tu vida puede cambiar de la noche a la mañana. Nos aferramos a un modo de vida que es efímero en una sociedad que te valora por lo que posees, no por lo que eres. Y no nos damos cuenta de que si un día dejamos de ser «afortunados», mucha gente nos dará la espalda.

A mí me queda mucho por aprender y me quedan muchos prejuicios de los que despojarme, pero si algún día tomo una mala decisión que me arrebata lo que poco o mucho que poseo, espero que alguien se acerque sin miedo y me pregunte cómo me llamo o qué tal mi día.


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