La UE se tambalea
La Mirada de Jacinto Vaello

La UE se tambalea

"Estamos obligados a constatar por nosotros mismos el fracaso, a reflexionar sobre sus causas y a formular desde ahí una política de superación en Europa"
25 enero, 2019
Jacinto Vaello
Angela Merkel y Giuseppe Conte en una reunión de la sedde en Europa. Foto: EP.
  • Europa

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La UE se tambalea

Jacinto Vaello
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Para entrar en materia de Europa me parece interesante arrancar de tres situaciones descritas en los medios a las que se puede adjudicar el rango de constataciones:

  • Los liderazgos en las grandes potencias europeas están en proceso de extinción: Francia, Alemania y el reino Unido carecen de una guía apta para los tiempos que corren.
  • La desigualdad y la pobreza crecientes no pueden ser gestionadas con el propósito único de que se beneficie el 1% más rico, salvo que se recurra a una dictadura.
  • El período ya prolongado de imposición de la austeridad ha acabado por mostrar lo que se ocultaba tras esta política: salvar la economía alemana, haciendo posible la reafirmación de su hegemonía en la UE.

A raíz de las batallas desatadas en torno al Brexit, puede tener un interés adicional revisar el papel del Reuno Unido en todo esto. Quizás un punto de partida adecuado para esta incursión sea la opinión de un columnista de la prensa española online, tras la derrota de May en el Parlamento, cuando afirma de forma enfática que «no se puede construir Europa sin Gran Bretaña».

Interesa sobre todo observar, describir y analizar este momento, que parece ser de liquidación, de auto aniquilamiento del proyecto europeo. No estamos ante una evolución que pueda ser observada desde la barrera, ni en condiciones de repetir tentaciones como las de solventar todo, en cada coyuntura, con una referencia académica a lo que dijo en su día tal o cual estudioso de la sociedad capitalista. Estamos obligados a constatar por nosotros mismos el fracaso, a reflexionar sobre sus causas, a situarnos en el necesario distanciamiento critico y a formular desde ahí una política de superación.

Desde esta postura parece imprescindible tomar en consideración los siguientes datos, que detallan y refuerzan las constataciones inscritas al comienzo:

  1. Todo el sur de Europa va entrando en colisión con Bruselas. A Italia y España se suma ahora Francia. Y con las elecciones europeas a la vista, dentro de cinco meses.
  2. El Brexit es un enredo sin salida, salvo que la actual clase dirigente británica se haga el harakiri con un segundo referéndum. De paso, abriendo la puerta de par en par a salidas políticas descontroladas.
  3. Alemania mantiene la supremacía, pero nadie sabe cuánto tiempo porque su propia sociedad se va sumergiendo en conflictos de difícil solución. Y porque no tiene un bloque político sólido al mando.
  4. El resto de los países, que parecen comparsas sin más, en realidad enriquecen el muestrario de soluciones que no lo son. El autoritarismo de derecha no resuelve nada, ni siquiera fortalece de manera duradera la autoestima de los pueblos.
  5. El proyecto europeo perdió su rumbo, sobre todo cuando dejó atrás sus objetivos fundacionales de bienestar compartido y se orientó decididamente hacia la consolidación de los privilegios del 1%. Nada en esta evolución apunta a la necesidad de preservar la democracia representativa.
  6. Sin una Europa ilusionante y con los estados-nación pretendidamente encerrados en sí mismos pero en realidad sometidos al poder omnímodo de la ‘internacional’ financiera, los pueblos, erráticos, perdidas sus esperanzas y carentes de guía política racional, pueden terminar por liarse la manta a la cabeza y cargarse definitivamente el proyecto compartido.

Tras todo esto, la pregunta que se impoje es inmediata: ¿somos capaces de idear y poner en pie una alternativa que impida este descalabro? Los intentos existen y proliferan en los últimos tiempos, pero realmente no pasan de esbozos que se difuminan por sí solos.

Cuesta evitar la impresión de que los pueblos europeos, dentro de las carcasas cada vez más vacías de sus Estados nacionales, no se enteran o no quieren enterarse de que los más graves problemas que los acucian se manejan desde unas alturas que esos Estados no alcanzan, por mucho aderezo patriótico que les agreguemos. Solo así puede explicarse el alboroto desmesurado que ocasionan los chalecos amarillos en su confrontación con Macron, los bandazos que no resuelven nada en torno a un Brexit que es ante todo una cuestión nacional británica, la «ley esclavista» de Orbán en Hungría que machaca a sus propios trabajadores, y así sucesivamente.

Todas ellas cuestiones de ámbito nacional extrapoladas a una dimensión que se convierte en cortina de humo para no abordar los problemas cruciales que afectan al conjunto de Europa.

Porque cada día se va haciendo más evidente que solo una mancomunidad de Estados como la europea puede llegar a ser capaz de interpelar al poder financiero internacional, que en el momento actual hegemoniza por completo las confrontaciones políticas a escala planetaria. Pero para que esto sea cierto, la Unión Europea tiene que dejar de ser la correa de transmisión de las imposiciones globales de los privilegiados.

Si nos atenemos a este relato parece no quedar más remedio que ser pesimista, porque la UE ha dejado de lado sus principios fundacionales de bienestar compartido y, lo que es peor, ha hecho suya la bandera de la inequidad a favor de los poderosos, aunque esto último se oculte tras un discurso de pretendida sostenibilidad económica. Llegados a este punto, parece como si los pueblos de Europa tuvieran que alcanzar la pobreza compartida para empezar a reaccionar, aunque el riesgo es en esta tesitura muy grande, dado que las alucinaciones del miedo, primero, y del hambre, después, los pueden conducir a elegir la peor de las soluciones, algo así como un suicidio colectivo.

Por tanto, si se quiere revertir el pesimismo antes de que se extienda entre los europeos y abra la puerta a soluciones que no lo son, es imprescindible avanzar, primero en la comprensión de lo que está sucediendo, luego en la propuesta y la ejecución de las acciones correctoras para evitar el precipicio y, por último, en la configuración de una respuesta social a escala europea para producir un nuevo proyecto compartido que guíe la acción a largo plazo.

 


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