Madrid debe pensar la economía para mejorar la vida de la gente
La Mirada de Jacinto Vaello

Madrid debe pensar la economía para mejorar la vida de la gente

Cualquiera que sea la autoridad tendrá que afrontar los retos de intervenir en esta economía más allá de la pura gestión corriente de lo existente.
28 noviembre, 2018
Jacinto Vaello
  • Economía

La Mirada deJacinto Vaello

Madrid debe pensar la economía para mejorar la vida de la gente

Jacinto Vaello
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Hablamos de economía. Más exactamente, de la economía de Madrid. De ese Madrid que en tiempos fue solo una provincia, luego se convirtió en una Comunidad Autónoma y en el futuro probablemente llegue a ser un Distrito Federal.

Cualquiera que sea la autoridad competente en un momento determinado, tendrá que afrontar los retos de intervenir en esta economía yendo más allá de la pura gestión corriente de lo existente. Porque la mejora de las condiciones de vida de su población exige una acción estratégica con visos de sostenibilidad económica. Y, para ir por este camino, la decisión de actuar tiene que ir precedida de un esfuerzo concreto de comprensión de los fundamentos de esta economía.

A menudo es más fácil explicarse a partir de los aspectos negativos, de las ausencias. Aquí, en particular, para acercarse a la comprensión de lo que hay es útil empezar por identificar lo que no hay.

En Madrid no existen una pequeña industria de raíz local.

Podemos decir que debería llamarnos la atención la inexistencia en Madrid de tradiciones artesanales o de pequeña industria de raíz local, es decir, eso que identificamos de inmediato cuando hablamos de Ubrique, de Valverde del Camino, de Xixona, de Ibi, de Elche…. Siendo esto verdad, a día de hoy llama aún más la atención la inexistencia en Madrid de iniciativas típicas de la gran economía moderna, como las que han ido surgiendo o se han ido afianzando y ampliando en las últimas décadas en los sectores de la confección (en Galicia, Adolfo Domínguez o el grupo Inditex), del comercio de grandes superficies (en la Comunidad Valenciana, Mercadona), de la industria hotelera (en Baleares, Ríu, Iberostar, Sol Meliá, Grupo Barceló…), de la industria farmacéutica (en Barcelona, Novartis, Grifols,…). A cambio, en Madrid aparecen las empresas energéticas (Repsol, Cepsa, Endesa,..) las de comunicaciones (Telefónica,…), numerosas multinacionales (BP Oil, Galp Energía, Orange, Mercedes Benz-España,…), etc.

Seguramente la respuesta a la constatación de estas ausencias debe encontrarse en lo que sí tiene el modelo económico de Madrid, es decir, en aquello que puede ser causa principal de la no aparición de aquellas actividades tradicionales y de estas iniciativas modernas. Es casi inmediata la identificación de los que pueden ser los tres pilares fundamentales del edificio institucional y económico de Madrid: el sector público, la capitalidad como factor de localización de las sedes y las cúpulas de una buena parte de las grandes empresas que copan la economía española y la proliferación de proyectos que aprovechan el efecto ‘sorpresa’ y se implantan en mercados no regulados para atender unas demandas realmente existentes.

El sector público madrileño es descomunalmente grande. Reúne al grueso de la Administración Central, a la elefantiásica Administración Autonómica y a una larga lista de Ayuntamientos de municipios de gran tamaño, la mayoría equipados con fuertes aparatos burocráticos, dotados de dispositivos que garantizan una excepcional estabilidad laboral y adaptados a una gestión cotidiana muy entroncada con los intereses privados.

En Madrid conviven centros de decisión empresariales y políticos que actúan con complicidad.

El mundo de las grandes empresas es muy significativo, visto desde la perspectiva madrileña. Sectores como los de la energía, la construcción, las comunicaciones y otros tienen en común una larga tradición de vida organizada sobre la proximidad a los centros de decisión y a las arcas públicas. Los principales defensores del neoliberalismo, de la ‘libre empresa’ y de la ‘ineficacia del sector público’ han desarrollado aparatos de dirección y tramas mediáticas destinados en conjunto a organizar sus trayectorias al amparo del Estado. Y la máxima expresión de esta complicidad público-privada se encuentra en Madrid.

La nueva economía especulativa que se despliega desde hace pocos años opera con el propósito inmediato de rentabilizar la ausencia de regulaciones que puedan coartar su trayectoria. En su forma actual, se trata de actividades que no hacen aportaciones dinámicas ni consistentes al modelo económico madrileño, pero encuentran demandas favorecidas por condiciones propicias del momento actual. Su propio nacimiento en condiciones excepcionales hace temer una rápida obsolescencia en cuanto su operatoria sea regulada en los mismos términos que las actividades pre-existentes, limitándose finalmente a sustituirlas.

Todo esto se resume de forma concreta en tres tipos de dinámicas económicas dominantes en la región de Madrid: la de los altos funcionarios que deciden acerca del uso y vehiculan la aplicación de los fondos públicos, la de las cúpulas directivas de las grandes empresas que actúan de forma reconocida y aceptada como conseguidores y la de nuevos operadores que se caracterizan por su vocación especulativa de corto-medio plazo. Para evitar confusiones hay que decir que las funciones de estos actores se despliegan más allá de las voluntades de los funcionarios de a pié, de los empleados en nómina de esas grandes empresas y de los trabajadores precarios de la ‘nueva economía’; son las altas direcciones del sector público, las cúpulas de las mayores sociedades anónimas y los nuevos capitalistas especuladores quienes deciden y actúan en su propio beneficio.

La gente del común y quienes pretenden desplegar ideas nuevas no caben en el actual modelo.

Si el modelo económico madrileño está marcado por el protagonismo de los actores descritos, es indudable que resta muy poco margen de maniobra para iniciativas innovadoras. La gente del común y quienes pretenden desplegar ideas nuevas no caben en este modelo.

El reto es por tanto evidente: hay que construir un nuevo espacio para incorporar y otorgar posibilidades reales de prosperar a quienes no tienen la seguridad del alto funcionario, ni la prerrogativa del empresario conseguidor ni la ventaja de operar en un terreno virgen. Este espacio solo puede surgir de una estrategia enraizada en un nuevo voluntarismo político, del que hay que esperar al menos intervenciones de formación profesional, de apoyo financiero, de adecuación jurídica e institucional y de acompañamiento de las estrategias comerciales de quienes arriesgarán su creatividad y su economía.


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