Nosotros no traeremos la República
Invitado
La Mirada de Hugo Martínez Abarca

Nosotros no traeremos la República

Los republicanos no han sido los causantes del deterioro de la monarquía española: esa responsabilidad recae en la propia Casa Real y sus medios afines.
2 noviembre, 2018
Hugo Martínez Abarca
Los reyes de España. Foto: EP.
  • Lucha social

La Mirada deHugo Martínez Abarca

Nosotros no traeremos la República

Hugo Martínez Abarca
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“Zarzuela vira el foco a la heredera ante el acoso a la Corona”. Este era el titular del diario monárquico La Razón el pasado 28 de octubre. Se constata que la imagen de la monarquía y de Felipe VI se ha deteriorado para los españoles.

En 2014, Juan Carlos I tuvo que abdicar en su hijo para intentar frenar el crecimiento de la impopularidad de la monarquía. Un año después, el último CIS que ha preguntado por los reyes mantenía su suspenso con un rechazo alto (y bastante contundente) en todas las franjas de edad excepto los mayores de 65 años. Desde entonces, el CIS no pregunta por la monarquía, pero es absurdo pensar que no hay encuestas rigurosas -aunque no públicas- que la incluyan: sin duda las tienen Zarzuela y los partidos. Y es fácil deducir que no son muy halagüeñas para los monárquicos.

La formidable crisis institucional, política y cultural que eclosionó con el 15M puso en juego dos expresiones que apenas se habían barajado hasta entonces: Régimen del 78 y Cultura de la Transición. En apariencia el primero era más débil que la segunda; previsiblemente era más fácil y rápido modificar los aspectos político-institucionales que hacer virar el trasatlántico ideológico-cultural. Sin embargo no fue así. Los aspectos más consolidados entre 1995 y 2002 de la Cultura de la Transición (incluyendo, aunque no sólo, el Mito de la Transición fundacional) hoy suenan estridentes en boca de Casado y Rivera y apelan a una minoría escorada política y generacionalmente. Mientras, los cimientos institucionales del Régimen del 78 siguen deteriorándose y perdiendo vigor pero permanecen vigentes y sin que emerja en el imaginario compartido una alternativa posible (sólo Cataluña la tuvo, la independencia, y fue duramente derrotada).

Los españoles no pudieron votar si querían monarquía porque, según confesó Suárez, habrían votado no.

No cabe duda de que la clave de bóveda del sistema político institucional del 78 es la monarquía. Lo fue desde el principio: para legalizar al PCE en las elecciones que luego fueron constituyentes tuvo que renunciar a cuestionar la monarquía. Los partidos que no la asumieron fueron legalizados después y no pudieron participar en los debates constituyentes, llegándose a la paradoja de que la Transición recibía a Tarradellas como prueba de apertura pero no legalizaba a su partido por la segunda palabra de Esquerra Republicana de Catalunya. Los españoles no pudieron votar si querían monarquía porque, según confesó Suárez tapándose escasamente un micrófono, habrían votado que no. Y esa clave de bóveda está hoy muy erosionada: tanto que necesitan reforzar el protagonismo político de una niña de 13 años para intentar frenar su caída de nuevo, sólo cuatro años después de la abdicación de Juan Carlos I.

En lo que yerra (comprensiblemente) La Razón es en señalar a los responsables. Más allá de llamar acoso a las legítimas (y más bien tímidas) críticas a la institución monárquica y a sus titulares, lo cierto es que el deterioro de la monarquía no lo hemos causado los republicanos.

Ha contribuido mucho más la propia Casa Real y los medios, jueces y partidos cortesanos. La corrupción de Urdangarin, las comisiones, testaferros y cuentas suizas atribuidas a Juan Carlos, el blindaje judicial y la protección política para impedir que se investiguen posibles delitos (convirtiendo las sospechas en evidencias) han ayudado a señalar a Zarzuela como una escuela para gobernantes corruptos.

El deterioro de la monarquía lo han traído la propia monarquía y los monárquicos.

Pero -probablemente- el mayor error para la monarquía lo cometió Felipe VI el 3 de octubre al protagonizar una posición nítidamente política y asociada exclusivamente con las posiciones más duras representadas por el Partido Popular y Ciudadanos. De ahí se siguen las astracanadas monárquicas de Pablo Casado o el fervor cortesano en el acto de Vistalegre de Vox. Y así se ubica con nitidez al rey Felipe VI en un margen político claramente de derechas cuando su difícil legitimidad necesita imperiosamente descansar sobre una apariencia de neutralidad, de asepsia ideológica. Como explicaba Guillem Martínez en un extraordinario artículo: “La última vez que la monarquía hizo eso de manera tan ostensible, inició su cuenta atrás”.

El 15M nos dio una lección muy importante de la que deberíamos tomar nota si nos tomamos en serio las posibilidades de que el cambio en el país, la modernización, democratización y las reformas sociales vengan de la mano de la esperanza republicana. Y, si es cierto que el 15M y su herencia han arrinconado la Cultura de la Transición desde la centralidad hasta el margen derecho, la debilidad de su concreción, el Régimen del 78, no puede ser pequeña.

La República la traerá un movimiento que sea capaz de identificarse con la España realmente existente.

De acuerdo con la enseñanza del 15M, no podemos ser ilusos. No vendrá ninguna república si esta aparece como el proyecto de una dirección de un partido. Ni lo hará de la mano de un movimiento republicano cuya base sea la derrota de la II República en el siglo pasado. Protagonizada por los partidos o por quienes ya éramos republicanos hace décadas, la República suena más a histrionismo identitario que a proyecto de un sentido común democrático y modernizador para el futuro del país. Sin embargo, movimientos capilares como las consultas en la Universidad Autónoma de Madrid o en Vallecas pueden tener un efecto político mucho más importante que el que consiga para el país ningún partido. Al menos de momento.

Nosotros no traeremos la República. La traerá un movimiento difuso que tenga tanta capacidad de identificarse con la España realmente existente como la tuvo el 15M. Si no es así, la República puede servir como cohesionador de un espacio político, pero no como nombre del cambio en España. Y así estaremos arruinando las posibilidades transformadoras de la República.

Porque no se ha planteado ningún posible nombre del país que queremos construir en el futuro mejor que República; ni hay nada como los privilegios, la falta de transparencia, la impunidad, las omnipresentes sospechas de corrupción, el machismo y el arcaísmo de nuestra monarquía para representar el país del pasado que necesariamente dejaremos atrás. La República puede ser la joya del cambio, es el nombre de la democracia y la modernidad. Y tiene todo el potencial para que, de su mano, España mire por encima del hombro al siglo XXI.


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