Pues me he leído El Director
La Mirada de Hugo Martínez Abarca

Pues me he leído El Director

El libro de David Jiménez ofrece aspectos sobre la relación del poder político y económico con los medios de comunicación.
20 abril, 2019
Hugo Martínez Abarca
El Director, de David Jiménez
  • Libertad de expresión

La Mirada deHugo Martínez Abarca

Pues me he leído El Director

Hugo Martínez Abarca
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Pues sí, yo también he leído El Director, el libro en el que David Jiménez cuenta su visión de su paso por la dirección de El Mundo entre 2015 y 2016. Una gran parte de él tiene historias divertidas por morbosas, pero sin gran importancia político-periodístico: no aporta gran cosa al conocimiento de España y su periodismo, por ejemplo, que a David Jiménez le acabara cayendo mal la cronista política estrella de El Mundo y es bien razonable ser escéptico y evitar juzgar a nadie por las impresiones que cuente de esa persona quien tuvo encuentros y desencuentros tan intensos. Al frívolo cotilla que llevo dentro le divirtió esa parte y también el juego de identificar ayudado por google a quién se refiere cada mote, algunos incluso conocidos personales.

Aún más distancia escéptica conviene mantener con la autocomplacencia del autor consigo mismo (algo casi universal en el género de memorias) y con El Mundo, que aparece como el único gran periódico independiente, que no es de ningún partido y molesta a todos… bueno, en fin. Ello, por cierto, es compatible con reconocer que la principal fuente que ha tenido El Mundo durante todos estos años fue Villarejo, hasta que se rompió con él, momento a partir del cual Villarejo comenzó a usar otros concidos voceros para sus mentiras y chantajes.

La parte más interesante del libro refleja la relación de los grandes medios con los poderes político, empresarial y con la Casa Real.

Pero hay otra parte del libro que es mucho más interesante, no por desconocida sino por escasísimamente contada: la de la relación del poder con el periódico, que sin duda sirve para entender la relación con prácticamente todos los grandes medios de comunicación. Y ahí hay tres bloques de poder relevantes que aparecen de forma distinta (y con diverso grado de honestidad por parte del autor): el político, el empresarial y la Casa Real.

Sobre el politico nos encontramos una relativa transparencia que ilustra muchísimo. Se pone nombres y apellidos a la grandísima presión cotidiana ejercida por el gobierno del Partido Popular sobre los medios de comunicación. Aparecen Soraya Sáenz de Santamaría, Rajoy, Cospedal… y Soria, claro. Pero no aparecen algunas de las formas de presión ejercidas por el poder gubernamental contra el periódico. Contaba Vicky Rosell en una estupenda entrevista en la Ser que agradecía el reconocimiento de David Jiménez de que lo que El Mundo publicó contra ella era mentira, pero que igual se habría entendido mejor si hubiera contado el dinero público que Soria daba a El Mundo a través del patrocinio a unos premios.

No aparecen presiones ilegítimas más que del gobierno del PP, señalado expresamente como el gobierno más agresivo contra la independencia del periodismo que hemos tenido en democracia (algo que nunca ha denunciado ninguna asociación de la prensa). No aparecen menciones al PSOE ni a Ciudadanos (que tampoco tendría mucho de qué quejarse con el tratamiento recibido desde El Mundo) pero sí a Podemos: se recuerda aquella desafortunada mención de Pablo Iglesias a los supuestos incentivos periodísticos a Álvaro Carvajal, redactor de El Mundo que informa sobre Podemos, pero a diferencia de las presiones del PP ésta crítica, presión o como queramos llamarle fue pública, delante de todos los medios.

Con todo, es evidente que las presiones, filtraciones interesadas, etc… de muchísimos actores políticos es cotidiana y una parte de ellas forma parte del juego (y del oficio periodístico resistirse, no publicar mentiras, etc); otra parte, las presiones, amenazas, chantajes y sobornos directos o indirectos no es legítima pero es una evidencia que el PP la ejerció a través del gasto público en publicidad institucional, fichajes de periodistas y tertulianos (no sólo en medios públicos, tal como cuenta David Jiménez) o de la financiación con dinero negro de medios de comunicación: como el de Federico Jiménez Losantos, columnista de El Mundo que siguió siéndolo pese a la evidencia contada también en el libro de que además de fanático y mentiroso, estaba al mando de un medio ilegítimamente financiado por el PP.

Resulta difícil de creer la autocomplaciente excusa deontológica del autor para no haber publicado informaciones comprometedoras para Felipe y Letizia.

La interferencia del poder económico en la libertad de prensa es explicada con una mezcla de denuncia y naturalidad. Habla David Jiménez de “Los Acuerdos” (se supone que en parte tácitos) por los que las empresas del IBEX engrasan las finanzas de los medios de comunicación a cambio de su control. Es algo mil veces sabido. Cuenta David Jiménez el veto en tiempos de Pedro J. Ramírez a cualquier información que molestara a El Corte Inglés; se suma al Banco Santander, tal y como contó en su “Historia de una columna” Javier Ortiz en 2001.  Y se suman todas las grandes empresas del IBEX35: no es ninguna conspiranoia, es una evidencia que cuentan sus víctimas en cuanto sueltan la lengua y que es una amenaza real a la democracia. Las presiones del gran poder empresarial aparecen como las más obscenas, sólidas y eficaces. Y no sólo para que no se hable contra la empresa en concreto sino para orientar la línea política general de los medios de acuerdo con los intereses del poder económico. Son varias las empresas citadas expresamente presionando al Director del periódico o a sus altos ejecutivos.

Más curioso es lo que cuenta David Jiménez sobre la Casa Real, una parte en la que (lo siento) no me creo la versión de El Director. Cuenta David Jiménez que ellos tuvieron los mensajes entre los reyes, Letizia y Felipe, y López Madrid, lugarteniente de Villar Mir conocido desde aquellos mensajes como compiyogui a todos los efectos. Aquellos mensajes fueron publicados por eldiario.es.

Tras explicar que a la Casa Real le había hecho muchísimo daño la protección y el silencio que los medios de comunicación habían dispensado a Juan Carlos I, cuenta David Jiménez que su decisión de no publicar los mensajes de Felipe y Letizia con López Madrid se debió a un debate deontológico. Que no se trataba por parte de los reyes de una protección a delincuentes ni un comportamiento poco ético sino una conversación privada sin más interés que el morbo. Pero El Mundo publicó los SMSs de Rajoy a Bárcenas tras conocerse sus cuentas en Suiza, la reunión entre Fernández Díaz y el multidelincuente Rodrigo Rato… Ambas tenían evidente relevancia pública. Lo que aquel chat revelaba es que una vez conocido el uso de López Madrid de una tarjeta black de Bankia (delito por el que sería condenado a seis meses de cárcel) la reina de España consideraba que todo eso era “merde” (no el delito sino las críticas al delincuente)  y que el rey de España prefería invitar al delincuente a comer al día siguiente para no dejar rastro digital. La única razón por la que eso no sería noticia periodística es la vuelta al silencio y la protección de la Casa Real. Es posible que el propio David Jiménez se quiera autoengañar y se convenza a sí mismo de que en realidad el criterio fue deontológico, pero es difícil que haya lectores que lo crean. En el libro David Jiménez sigue defendiendo aquella decisión.

Resulta revelador también que el propio Felipe (con Letizia Ortiz) llamara a David Jiménez para pedir disculpas por haber llamado la reina en esos mensajes “mierda” al suplemento rosa de El Mundo y en cambio nunca tuviera una palabra pública de disculpas ninguno de los dos por haber ninguneado uno de los delitos que más escandalizaron a los españoles por ser una de esas gotas que rebasaron el enorme vaso que nos han hecho beber.

Otro aspecto, más particular, que es de agradecer es la asunción por parte de un director de El Mundo del repugnante papel de su diario empeñándose en las mentiras del 11M. Es incluso bastante comprensible el argumento que da para no haberlo hecho desde las páginas del diario. Pero es evidentemente un lastre del que difícilmente se desprenderán El Mundo y, desde luego, Pedro J. Ramírez y que hizo trizas quizás para siempre, la credibilidad que sin duda tuvieron en la investigación de delitos del poder político.

Por último y ya como detalle personal, me alegró recordar la huelga de El Mundo que paralizó la redacción contra el enésimo ERE. Me sirvió para recordar que fue en mayo de 2015, hace cuatro años y poco antes de que me convirtiera en diputado autonómico. Aquella mañana me escapé del curro para acompañar un rato a los trabajadores de El Mundo en su protesta en la puerta de la empresa. No me conocía nadie salvo Mari Luz Rodríguez (PSOE) con quien tenía entonces amigos comunes y algunos trabajadores de Telemadrid. Y casi no me había acordado de aquella mañana hasta leer sobre aquel paro en el libro del entonces director de El Mundo. Y me he alegrado de recordarlo.


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  1. Deberían de haber más libros y, sobre todo más información política de lo que realmente ocurre en nuestro país y cómo funcionan las cosas. Sería más sano para la democracia si hubiera periodismo de investigación y libertad de expresión y, cuando no pueda ser así, denunciarlo en todos los medios posibles.