Renombrar la independencia
La Mirada de Roy Galán

Renombrar la independencia

Nos han hecho pensar que los apegos son algo terrible para las personas adultas, pero sentirlos no puede ser algo negativo sino todo lo contrario.
22 diciembre, 2018
Roy Galán
Fotograma de la película "Tully" de Jason Reitman.
  • Sociedad

La Mirada deRoy Galán

Renombrar la independencia

Roy Galán
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Nos han llenado la cabeza siempre con falsos mitos sobre la familia. El primero ha sido hacernos creer que la familia tenía que ser una única e inamovible cosa formada por unos elementos concretos y que todo lo que no encajaba con esa idea ya no se podía considerar familia. Así, personas que hemos sido criadas sin padre o hemos tenido dos madres, siempre nos hemos visto forzadas a aclarar nuestra “situación especial” porque los demás daban por supuestas nuestras familias y veían algo raro en no tener algo que se suponía que debíamos tener.

Y cuento más: al ser mi madre soltera yo no cuento con un libro de familia, yo tengo en mi poder un libro de filiación. Es decir que mi madre, con mi hermana y conmigo, no éramos suficiente para poder formar una familia porque faltaba la figura paterna. Muchas personas hemos tenido que dar así explicaciones de por qué no éramos la familia pretendida, haciéndonos sentir en muchas ocasiones vergüenza o culpa por formar parte de algo que el resto no se esperaba.

Por suerte muchas personas también hemos entendido con el tiempo que familia es lo que nosotras llamamos (y sentimos) como familia. Que nada tiene que ver con la sangre, con las directrices externas o con una imagen concreta impuesta. Familia es todo aquello que nos proporciona los afectos y cuidados suficientes para no perecer.

Porque no hay familia sin cuidados.

Por eso el segundo mito, y creo que el que más nos está costando derribar, es aquel que nos enseña que para crecer y para madurar, para hacernos mayores en definitiva, tenemos que alejarnos de nuestros padres, como si solo poniendo distancia de por medio pudiéramos demostrarle al resto y a nosotros mismos que somos autosuficientes.

Lo que sucede es que la distancia física hace muchas veces casi imposible procurar el cuidado que los otros necesitan. Nos mudamos de casa, de ciudad, de país e incluso de continente, construimos nuestras propias familias y visitamos el hogar en el que crecimos una o dos veces al año, pero así no podemos estar y estar es fundamental para el cuidado. Y con cuidado no me refiero a cuando nuestros padres enferman y necesitan de nuestra presencia, que también. Con cuidado me refiero a tomarte un café, darle de comer al perro cuando llegan tarde, regar las plantas, hacer la compra y comprar para ellos también. Y esto solo se puede hacer si estás cerca.

Me niego a poner treinta horas de viaje o las tecnologías de por medio.  Me niego a que vivir consista en desapegarse de aquellas personas que te criaron. Me niego a que devolver lo que te dieron sea algo negativo. Me niego a que mi independencia pase por el descuido de los demás.

Yo me niego en rotundo a estar lejos de las personas que quiero.

Existen otras formas de vivir y de puede mantener la independencia  sin desaparecer. Se puede vivir puerta con puerta con tu familia y así seguir contando contigo y tú con ellos. Se puede hacer tribu y que te separe un patio y no sentir que te estás perdiendo la vida de aquellas personas que te  enseñaron a atarte los zapatos. Se puede sumar en vez de romper lazos. Y se puede renombrar la independencia.

Nos han hecho pensar que los apegos son algo terrible para las personas adultas. Nos cortan el cordón, nos destetan y nos lanzan a un lugar en el que compartir con nuestros padres sea algo excepcional, pero sentir apego, necesitar el afecto y seguir estando próximos en lo vital, no puede ser algo negativo sino todo lo contrario.

Por eso se hace tan importante renombrar la independencia, porque la sociedad nos impele a ella de una manera ciertamente equivocada: como lo contrario a la dependencia. Y cada vez que “sentimos” que alguien depende de nosotros nos asustamos, bloqueamos, salimos huyendo, porque no necesitamos a nadie ni nada, porque eso es lo que te han dicho que es la fortaleza y porque no queremos mostrarnos vulnerables, pero por supuesto que necesitamos de los demás.

Nadie puede con todo solo.

Ni tus padres, ni tú. Por eso hacer la vida a dos calles o a treinta metros, lo
único que hace es que tu familia sepa que estás.

Y qué es familia sino esa certeza de saber que puedes contar conmigo.

Siempre.


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