Make Europe great again
La Mirada de Luis Alegre y Hugo Martínez Abarca

Make Europe great again

Una aportación al debate sobre Europa, la soberanía nacional y la democracia.
22 octubre, 2018
Luis Alegre y Hugo Martínez Abarca
Mural de Banksy en Dover, Reino Unido, sobre el Brexit. Foto: Flickr.
  • Europa

La Mirada deLuis Alegre y Hugo Martínez Abarca

Make Europe great again

Luis Alegre y Hugo Martínez Abarca
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No nos puede sorprender que Trump y Putin alienten movimientos como el Brexit. Tampoco es extraño que traten de expandirlos por el continente. Ni que lo hagan en el momento de una guerra comercial en varios frentes que Europa está perdiendo estrepitosamente (mientras observa, atónita, cómo el centro del mundo se desplaza del Atlántico al Pacífico). No es que Trump y Putin sean muy malos, es simplemente que aplican el viejo principio de divide y vencerás. Un lema que no es ajeno a la Europa reciente. Hacen lo mismo que hizo la Alemania unificada en los años 90 cuando alentó la división de los países del Este para convertirlos en su patio trasero e integrarlos en la UE. Así se fraguaba una Europa alemana.

Probablemente el debate sobre Europa es el más acuciante que tenemos sobre la mesa si queremos defender la democracia, las conquistas sociales del Estado de bienestar, las libertades y las condiciones materiales de vida de los ciudadanos de los pueblos de Europa. Todas ellas son conquistas que han costado siglos de luchas y hoy están en peligro. También lo está la propia Europa, cuya decadencia económica y geopolítica ha traído la emergencia de movimientos de extrema derecha unidos fundamentalmente por su eurofobia (felizmente ya no se usa el eufemismo “euroescepticismo”: el escepticismo es una actitud imprescindible en la vida democrática, no la decidida oposición a lo que sea).

El Estado es ya grande para las cosas pequeñas y pequeño para las cosas grandes.

Estos movimientos de extrema derecha se oponen a la Unión Europea por el desdibujamiento de las identidades nacionales locales. Y ello les lleva a una coincidencia con sectores de la izquierda que se oponen a la Unión Europea fundamentalmente porque vinculan la pérdida de la soberanía nacional con el deterioro social y democrático que sufren nuestros conciudadanos. Esta concepción de la soberanía pudo tener sentido durante varios siglos tras la paz de Westfalia, mientras las decisiones tenían un mayor anclaje territorial y los Estados nación se presentaban como suprema potestas. Pero vivimos en un mundo en el que, como decía Ferrajoli, el Estado es ya demasiado grande para las cosas pequeñas y demasiado pequeño para las cosas grandes. De las 100 organizaciones económicas más grandes del mundo, menos de la mitad son hoy Estados (la mayoría son empresas trasnacionales). Y, en estas condiciones, las alternativas no son idílicos Estados nacionales o instituciones internacionales deficientes, sino instituciones internacionales (con todas las deficiencias que se quiera señalar) o poderes salvajes privados.

Ningún Estado que se saliera hoy de la Unión Europea avanzaría en soberanía nacional. Para sobrevivir a económicamente (y políticamente) tendría que tomar una decisión: o ser una colonia de facto de EE.UU. o de Rusia o de China… o convertirse en un paraíso fiscal y serlo de todas ellas. La opción más probable, con todo, por razones geográficas, históricas y comerciales, sería seguir siendo absolutamente dependiente de la Unión Europea (aun si se contara con el apadrinamiento de alguna de las otras potencias mundiales) pero sin formar parte siquiera tangencialmente de sus centros de decisión. No parece el mejor negocio.

Para ser justos con la UE no debemos preguntarnos solo cuántos derechos hemos perdido por ella, también cuántos habríamos perdido sin ella.

Es evidente que la UE está lejos de cumplir las exigencias que cualquier demócrata debe reclamar a sus instituciones políticas y, sin duda, ha sido el escenario de la ofensiva neoliberal que llevamos padeciendo al menos desde Thatcher y Reagan. Ahora bien, para juzgar con justicia a la UE, la pregunta de cuántos derechos hemos perdido en ese marco debe ir acompañada de la pregunta por cuántos derechos habríamos perdido sin él. No se debe olvidar que la agenda de desmantelamiento neoliberal se ha impuesto en gran medida desde los Estados (aunque demagogos de todos los colores, responsables directos de la claudicación ante los poderes financieros, hayan tratado siempre de eludir su responsabilidad achacando los efectos negativos a terceros). Ni se debe olvidar que las decisiones de la UE son en gran medida las decisiones del conjunto de sus Estados (al menos hasta que se consiga que el Parlamento, como espacio de representación de una –futura– ciudadanía europea, se convierta en un poder legislativo digno de ese nombre).

Tampoco conviene olvidar que esa integración precaria (y en gran medida mercantil) que es la UE no se construye como alternativa a un orden constitucional armónico y garantista, sino como alternativa a un continente siempre en guerra.

Resulta seductor comparar un orden institucional con el ideal republicano y democrático que tenemos en la cabeza. Y es fundamental hacerlo para señalar sus carencias, porque en esta comparación (que es siempre un deber de todos los demócratas) nunca salen bien paradas las instituciones reales: ni la UE ni los Estados (no se puede estar satisfecho, por ejemplo, con la insuficiente división de poderes en Europa, pero habría que ser muy torpe para proponer como alternativa la división de poderes en España).

En el continente que más guerras ha empezado, la paz no está nunca asegurada.

En todo caso, además de la comparación con el ideal, conviene no perder nunca de vista la comparación con las alternativas reales que estaban en juego en cada momento. Así, si miramos hacia el origen, nos puede parecer indigna una mera unificación industrial y mercantil del carbón y del acero, pero la alternativa era que siguieran bajo control exclusivo de los Estados las industrias básicas de la guerra. En el momento presente, son infinitas las deficiencias que cabe denunciar. Pero no es prudente olvidar que la alternativa es un repliegue nacional con el que las fuerzas de extrema derecha habrían ganado la partida de antemano.

En el continente que más ha regado de sangre el mundo, la paz (inédita en muchos siglos) no está nunca del todo asegurada; tampoco tenemos garantizados los sistemas de protección social de los que aún disfrutamos (los más avanzados del mundo); las libertades civiles y políticas más básicas están cada vez más amenazadas; el colapso medioambiental del planeta parece cada día más cerca… y un ejercicio mínimo de responsabilidad nos exige preguntarnos no sólo si la UE se ajusta o no a nuestro ideal democrático, sino hacer también la pregunta (mucho más modesta) de si la UE, incluso en su extraordinariamente deficiente arquitectura actual, agrava esos problemas o es una condición necesaria para poder afrontarlos.

El pueblo español, en concreto, ha depositado infinitas confianzas en su integración en Europa como una suerte de garantía de nuestra (también insuficiente) democracia, y posiblemente no le falte razón. Hasta tal punto que no pocos gobernantes han aprovechado esa fe popular casi religiosa en Europa para deteriorar nuestra economía, nuestros derechos y nuestra democracia responsabilizando a Europa como quien ofrece sacrificios humanos porque se lo han ordenado al oído los dioses. Lo cierto es que España tampoco tiene mucha más salida a su problema territorial más que solucionarlo por elevación (o bien en mayor integración ibérica o, siendo más realistas, en Europa). Del mismo modo que Europa supuso para España un freno a tentativas de involución democráticas, hoy es la única salida viable al formidable conflicto territorial que vivimos.

Hoy resulta imposible defender a España frente a Europa sin acabar alimentando a la extrema derecha.

Hoy es una fantasía idealista pensar que es posible la recuperación del Estado-nación soberano en el que un pueblo independiente tome las decisiones económicas, políticas, medioambientales, culturales… Eso no va a pasar ya: los países que han alcanzado conquistas democráticas y sociales en los últimos años han buscado procesos de integración (a menudo mirando en parte al ejemplo europeo) precisamente como única forma de proteger su democracia y los derechos que sus pueblos estaban conquistando. A diferencia de hace apenas unos años, la bandera discursiva de la soberanía nacional está en manos de movimientos autoritarios como los que están surgiendo por toda Europa con la oposición a la UE como nexo común. Hoy se antoja imposible, y lo estamos viendo con debates recientes, defender a España frente a Europa sin acabar diluyéndose o al menos alimentando a la extrema derecha.

Es un hecho que no existen experiencias históricas de democracias modernas que superen el ámbito de los Estados-nación. No se han construido históricamente espacios de soberanía popular que superen la soberanía nacional. Pero no hay nada que no sea un arcaico esencialismo que impida pensar que igual que los Estados pueden descentralizarse en ámbitos democráticos no nacionales (autonomías, municipios…) podría del mismo modo construirse un espacio democrático homologable que superase el territorio de las actuales naciones. No se hace porque obviamente la democracia es una conquista popular, nunca un regalo de las élites, pero no porque haya nada que lo haga imposible.

Todo lo que está en riesgo son conquistas de movimientos emancipadores y toca defenderlas.

Por ello encontramos en la propia elaboración de un discurso profundamente europeísta la única respuesta posible no sólo a una involución reaccionaria como consecuencia de la crisis sino a las propias deficiencias de esta Unión Europea. Pocos discursos como un europeísmo republicano y muy exigente pueden unir la racionalidad de la Ilustración con la emoción intuitiva imprescindible para avanzar en política. Frente a la decadencia actual, Europa tiene en su historia entre otros muchos mimbres la derrota del fascismo, la construcción de las democracias y de los Estados de bienestar más avanzados. Todo lo que está en riesgo son conquistas de movimientos emancipadores, fundamentalmente del movimiento obrero, y toca defender esas conquistas históricas de nuestros pueblos para avanzar mucho más.

A la Europa alemana no se le contrapone la atomización de Europa sino la lucha por una Europa democrática fuerte y firme en la defensa de sus raíces.


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