Venezuela en la miseria
La Mirada de Jacinto Vaello

Venezuela en la miseria

Los factores de la decadencia son múltiples y también lo son los protagonistas, más allá de la degeneración el chavismo y otras atribuciones al régimen actual
22 febrero, 2019
Jacinto Vaello
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Foto: EP.
  • Política

La Mirada deJacinto Vaello

Venezuela en la miseria

Jacinto Vaello
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Así, a vuelo de pájaro, no es difícil poner de manifiesto por dónde se han ido los dineros, lo que ha ocasionado el empobrecimiento acelerado del país. Las hipótesis más verosímiles son:

  1. La caída del precio de su principal exportación, el petróleo
  2. Los déficit creados por la política de igualación social y la réplica de las clases medias
  3. La evasión masiva de capitales
  4. La mala gestión pública de la economía desde un aparato de Estado poco capacitado
  5. El cerco internacional y la asfixia económica
  6. La corrupción endémica

Es posible echar una mirada breve a estas cuestiones, pero es difícil aventurar hipótesis acerca de qué factores han pesado más para conducir al país a su deplorable estado actual. En todo caso, un breve repaso puede aportar una visión de conjunto que prácticamente no existe en la versión mediática de la crisis venezolana, ni mucho menos en la utilización interesada de datos sesgados para acorralar a su gobierno.

Veamos:

El petróleo: Se sabe que los precios han caído más o menos a la mitad entre 2014 y 2016-2018 (de unos 100 a unos 40-50 dólares el barril). Esto tiene una enorme repercusión en las cuentas exteriores de Venezuela: las de petróleo suelen representar entre 85 y 90% del valor total de las exportaciones. El país ha vivido durante décadas sobre la base de un modelo económico muy típico de América Latina, basado en el binomio mono exportación de materias primas / exclusión social. El valor de las exportaciones ha ido cubriendo las necesidades de consumo de los estratos sociales acomodados (y también el componente de bienes de capital de las inversiones productivas), no ha dejado margen para una supervivencia al menos digna de las clases populares y ha facilitado el mantenimiento de una economía sin industria, puesto que el mercado interior ha sido muy reducido y el consumo de productos industriales se ha ido cubriendo con importaciones. Esto ata las manos a cualquier gobierno y tiene directa relación con los déficit ocasionados por cualquier esfuerzo de equidad social.

Los déficit: Aunque es difícil disponer de cifras precisas, se puede decir que, grosso modo, la política chavista ha sacado a millones de personas de la pobreza. Numerosos programas sociales puestos en marcha han proporcionado viviendas, hospitales, escuelas, alimentos básicos… a esas clases populares a las que nunca les había llegado el bienestar del «que fue el
país más rico de América», como dice el director de un medio online en España. Precisamente ahí está la cuestión: cualquier latinoamericano medianamente ilustrado sabía, en los años cincuenta-sesenta del siglo pasado, que de Venezuela procedían los nuevos ricos más incultos y zafios de América Latina, que pululaban por Europa y Estados Unidos gastando los dineros que, mejor distribuidos, hubieran evitado la pobreza generalizada.

Pero sacar de la pobreza tiene precios a veces inimaginables: por ejemplo, que las cuentas exteriores se deterioren a toda velocidad porque el país tiene que importar todo eso que nunca ha producido y que ahora se destina a saciar el hambre de los más excluidos (esa experiencia la vivió el Chile de la Unidad Popular en 1970-1973, con el vaso de leche para los niños de las escuelas públicas: aumento de importaciones y creciente déficit exterior debido a la insuficiente producción nacional de leche, y de otros muchos bienes de consumo). Seguramente una lógica económica más académica hubiera conducido a hacer gradual el proceso, para evitar los desajustes, pero es difícil optar por el rigor académico ante la presencia brutal de la miseria.

Solamente con estos dos primeros aspectos, la caída del precio del petróleo y la creciente necesidad de importar bienes básicos, basta para explicar gran parte del gigantesco drenaje de recursos, pero otros actores entran en escena en este tipo de procesos.

La evasión de capitales: Los indicios se multiplican y las cifras se elevan a muchos millones de dólares. Petróleo más barato, necesidades básicas que atender y salida masiva de dinero hacia refugios diversos, una combinación perversa para arruinar una economía. Indicios: sobran, pero hay algunos que con particularmente gráficos, como los enormes rascacielos de Ciudad de Panamá que permanecen oscuros por las noches y vacíos siempre, debido a que no son más que moles de hormigón para el blanqueo de dineros huidos de Venezuela; o la entrada de los venezolanos en los primeros lugares de las listas de las golden visa concedidas por España a quienes invierten sus dineros en el inmobiliario (y, de paso, encarecen la vivienda para los ciudadanos españoles de a pié).

Este es un factor crítico que en general se silencia, seguramente porque buena parte del griterío contra Maduro se organiza y se financia con dineros de los evasores.

La mala gestión de la economía: Se puede pensar que la propia corrupción es una evidencia de que la gestión de la economía no va por donde debería. Pero hay muchas razones para pensar que la gestión corriente tiene sus propias deficiencias, antes incluso de que alguien meta la mano en los dineros públicos. Por lo pronto, en un país con las deficiencias de su modelo económico cimentado en la exportación petrolífera, poner en marcha un sistema de abastecimiento que haga llegar los productos básicos a todos los rincones muy probablemente origine numerosas goteras, formas de fraude, mercado negro, acaparamiento de productos y otras vías de encarecimiento de la política social y de generación de ineficiencias.

La propia debilidad del entramado estatal y la inexistencia previa de mecanismos de atención social y de redistribución de la riqueza hacen que una política no excluyente exija poner en pie nuevas agencias y organismos, en definitiva, un aparato de Estado moderno antes inexistente. La falta de precedentes en este tipo de prácticas es una fuente segura de deficiencias de gestión.

El cerco internacional: Ignoro de qué manera se puede cuantificar el impacto de este cerco, pero los instrumentos utilizados sí son más o menos conocidos. El primero de ellos, válido también para otros campos de batalla de la política exterior estadounidense (Rusia, Irán,…), es el de la manipulación interesada de los precios del petróleo. El segundo, muy socorrido en América Latina, es el del aislamiento de un régimen escogido como objetivo, bajo la batuta inspiradora, organizativa y financiadora de los EEUU. El tercero, también habitual, es el del despliegue de una verdadera tormenta tergiversadora de la realidad que la potencia imperial quiere controlar. Y ahora asistimos a la catarata de amenazas de intervención militar estadounidense.

La corrupción: Hoy en día se menciona cada poco y se acusa de ella a prohombres del gobierno actual, pero no se va más allá porque entonces el argumento se desmoronaría. La corrupción es endémica en Venezuela: la historia del latrocinio de los dineros públicos llega muy atrás en el siglo XX, de manera que la única manera de contextualizar este tipo de apreciación crítica lleva a repasar la trayectoria política de sucesivas generaciones de dirigentes (y de empresarios, todo hay que decirlo), y a reconocer que la actual situación, de la que solo se conocen fuera de Venezuela ejemplos aislados, no es sino la continuación de una antigua tradición.

El petróleo siempre ha tenido mucho que ver en esto, y también la debilidad del Estado venezolano. Sacar tajada de la exportación petrolífera ha sido siempre una vía de enriquecimiento personal, operación facilitada por la carencia de mecanismos eficaces de control en el aparato del Estado.

El balance global no admite dudas. La aportación de cada factor examinado parece imposible de cuantificar, y solo cabe adjudicar su procedencia a los diferentes actores en esta batalla. Sin duda, el cerco internacional es cosa de los Estados Unidos y sus ocasionales aliados en el continente. La evasión de capitales, qué duda cabe, es cosa de los venezolanos privilegiados, es decir, de quienes tienen más que perder con la redistribución de la riqueza. La mala gestión de la economía y la corrupción, con todos los fundamentos históricos que se quiera, son achacables al gobierno, que además lleva instalado en el mando unos cuantos años. Los déficit constituyen una manifestación de la acción combinada de todos los actores: la caída intencionada de los precios del petróleo, la incapacidad de la economía venezolana para dar soporte material a una política social más justa, la práctica de una acción permanente de sabotaje por parte de sectores contrarios al gobierno.

Se llegue hasta dónde se llegue para profundizar en este tipo de análisis, lo cierto es que resulta de inmediato evidente que los factores de la decadencia son múltiples y también lo son los protagonistas, más allá de la degeneración el chavismo y otras atribuciones al régimen actual.


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