Voluntaria, y a mucha honra
La Mirada de Rocío García Soriano

Voluntaria, y a mucha honra

El voluntariado no es suplir puestos de trabajo en la cooperación internacional sino una forma de compensar la deuda de la Humanidad consigo misma.
13 diciembre, 2018
Rocío García Soriano
  • Derechos Humanos

La Mirada deRocío García Soriano

Voluntaria, y a mucha honra

Rocío García Soriano
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¿Vas a ser voluntaria? ¿Pero te pagan? ¿Tan lejos te vas a ir? ¿Estás segura? Sí, soy voluntaria; recibo mucho más que una compensación económica por mi trabajo; la lejanía es temporal, y de personas o cosas que siempre me van a esperar. Y claro que estoy segura, tanto como de que mi responsabilidad con el mundo es parte de la deuda de la humanidad consigo misma.

El concepto de voluntariado ha sufrido una depreciación social, fruto del uso y abuso que ha tenido por parte tanto de quienes lo han ejercido, como de quienes se han beneficiado de él. Por una parte, algunas personas voluntarias lo han entendido como una forma de tener una experiencia personal, de viajar, de conocer lugares y gentes diferentes, como si ser voluntario fuera una experiencia personal, casi como unas vacaciones en las que, por unas horas al día, te dan casa y comida. Nada más lejos. Cuando alguien toma la decisión de ser voluntaria tiene que ser consciente de que va a ser parte de una transformación integral. El mundo está lleno de escuelas carentes de recursos, de huertos faltos de mano de obra, pero, sobre todo, de personas que tengan el convencimiento y la disposición de querer ser parte de un proceso que ni empieza ni acaba en una misma persona.

El apoyo que las personas voluntarias pueden hacer con contribuciones reales va más allá de aquello que viene en los libros.

De igual modo, hay organizaciones que han visto en el voluntariado una oportunidad de suplir o cubrir un puesto de trabajo. Por poco más que un billete de avión y una cama brindan la oportunidad de adquirir la experiencia profesional que el actual mercado laboral es incapaz de ofrecer a una generación cansada de estudiar, harta de preparase, hastiada de hacer prácticas no remuneradas. Y con ganas de mostrar su valía, de sentir que el esfuerzo de su familia por pagar, año tras año la matrícula, ha valido la pena. El reto está en encontrar el equilibrio entre el aprendizaje y la formación en terreno, sin obviar que la falta de experiencia práctica es un déficit del sistema educativo que se ha traducido en una carencia y necesidad por parte de quienes terminan la etapa formativa. Además, el apoyo que las personas voluntarias pueden hacer con contribuciones reales va más allá de aquello que viene en los libros, y para lo que se hace imprescindible el acompañamiento de organizaciones con experiencia en terreno.

Ante esta dicotomía, el mundo de la acción humanitaria y la cooperación internacional. En un contexto donde la solidaridad y el altruismo parecen valores desfasados, donde el asistencialismo ha copado proyectos de desarrollo y donde la sociedad tiene la percepción de que el cambio y la sostenibilidad son utopías, se hace necesario volver a poner en boga la importancia de la justicia social.

«Soy consciente de que peleo por una causa invencible».

La historia y el futuro se escriben en renglones paralelos y, como ciudadana, siento el deber y el deseo se involucrarme en el devenir social. La conciencia colectiva se ha esfumado tras pantallas de ordenador y aplicaciones móviles. Pero no lo han hecho las realidades a las que tenemos acceso a golpe de click. O quizá por eso ya no parecen impactarnos los éxodos masivos, las caravanas de migrantes ni los cadáveres en el mar. Hemos normalizado ciertas situaciones, a la vez que perdido toda perspectiva de análisis y reflexión.

Yo, como voluntaria, soy consciente de que peleo por una causa invencible. Y aunque la derrota me amenace cada mañana a 8000 km de mi familia, sé que sigue habiendo muchas causas por la que vale la pena, o el amor, ser parte de un proceso de cambio global.


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