Ecopopulismo, una tendencia anticientífica que nos empuja al desastre ecológico

Ecopopulismo, una tendencia anticientífica que nos empuja al desastre ecológico

El ecopopulismo se opone a ciertos avances tecnológicos que podrían ser herramientas eficaces contra el cambio climático
4 mayo, 2019
Gabriel Santiago Fuentes
  • Sociedad

Ecopopulismo, una tendencia anticientífica que nos empuja al desastre ecológico

Gabriel Santiago Fuentes
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A medida que la ciencia ha avanzado a lo largo de la historia, siempre ha habido movimientos en su contra. Tradicionalmente, el papel principal en esta oposición lo ha jugado la iglesia, quien se opuso a avances tan básicos para la salud como la vacunación o la anestesia general, llegando siempre tarde a aceptar lo que la ciencia nos ha ido demostrando. Tanto es así, que Juan Pablo II realizó una declaración histórica en el año 1992 al reconocer -nada más y nada menos- que la Tierra gira alrededor del Sol. A Galileo le hubiera venido genial que esto pasase 360 años antes.

El problema es que, si bien la iglesia ya no tiene tanto poder como antaño, en la actualidad existen movimientos que se oponen a diversas formas del avance científico e influyen en la toma de decisiones políticas. En lo que afecta al medioambiente, podemos hablar de ecopopulismo y de negacionismo. El negacionismo es tan irracional como rápido se explica, consiste en negar el calentamiento global o, cuando menos, la responsabilidad del ser humano al respecto. Combinado con alguien como Donald Trump, puede dar lugar a declaraciones tan ridículas como que el ruido de los aerogeneradores da cáncer. En España hemos podido escuchar argumentos en esta línea por parte del anterior gobierno, conformado por miembros del Partido Popular.

«El ecopopulismo se opone a ciertos avances tecnológicos que podrían ser herramientas eficaces contra el cambio climático”

El ecopopulismo es una realidad más compleja. Por un lado, se trata de movimientos que luchan contra el cambio climático, proponiendo – y, a veces, consiguiendo – cosas tan lógicas como necesarias: cambio de modelo energético, modelo productivo que prime la cercanía o electrificación del transporte, por nombrar algunas. Por el otro, se oponen a ciertos avances tecnológicos que podrían ser herramientas eficaces contra el cambio climático, siendo aún una incógnita su posición respecto a la tecnología CRISPR, la cual ya está siendo enfocada hacia el desarrollo de cultivos resistentes a la sequía y las altas temperaturas.

La agricultura ecológica y los transgénicos

Diversos estudios científicos han demostrado que la agricultura certificada como ecológica conlleva más emisiones contaminantes que la tradicional. Si bien es cierto que aporta beneficios con respecto al cuidado de la tierra en comparación con los cultivos industriales, la ciencia también nos muestra que con la tecnología transgénica podemos obtener estos beneficios y, al mismo tiempo, tener cultivos menos contaminantes. Sin embargo, la certificación ecológica prohíbe de forma expresa los organismos modificados genéticamente (OMG), mientras que 17 países de la Unión Europea han prohibido su uso, desoyendo los estudios que respaldan su seguridad.

Esta absurda legislación se debe a la presión ejercida por organizaciones ecologistas como Greenpeace, Ecologistas en Acción o Amigos de la Tierra – entre muchas otras -, que utilizan su enorme capacidad de difusión para convencer a la gente de que los OMG son un problema y, la agricultura mal llamada ecológica, la solución. Gobiernos de todos los colores han cedido a las presiones declarando territorios libres de transgénicos en España. En el programa político de Izquierda Unida para el 28A podemos ver la defensa de los cultivos ecológicos y, en el de Podemos, la apuesta por el cultivo de razas autóctonas.

«Prohibir el glifosato tendría terribles consecuencias tanto para el medioambiente como para las personas que viven de la agricultura”

Teniendo en cuenta la grave situación actual y peor perspectiva de futuro respecto al cambio climático, no debemos rechazar una tecnología con el potencial de reducir la contaminación y el uso de agua proveniente de la agricultura. La infundada quimiofobia -entendida como la falacia de que lo natural es intrínsecamente más sano y ecológico-, la falta de cultura científica y el activismo ecopopulista suponen así barreras para mitigar el calentamiento global.

Buena gala de todo ello hace Greenpeace en sus consejos de alimentación. El primero se titula “come alimentos de verdad”, aconsejando “si tiene ingredientes impronunciables, pregúntate si son alimentos de verdad”. Toda una exhibición de conocimiento científico y argumentación racional. Luego nos sorprendemos con noticias tan impactantes como la de la mujer israelí que ha sufrido daño cerebral irreversible por alimentarse varias semanas solo con zumos de frutas, o la que nos llega desde China, donde una mujer casi pierde la vida tras inyectarse batido multifrutas en vena. Entonces, ¿eran alimentos de verdad o no?

Situación actual

Los movimientos ecopopulistas llevan a cabo potentes campañas contra el glifosato, el herbicida más utilizado en el mundo. Examinando los argumentos usados por Greenpeace, vemos que esgrimen el hecho de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo ha clasificado como probablemente cancerígeno. SI bien es cierto que esto sucedió en el año 2015 -no sin polémica, pues el número de estudios que acreditan su seguridad era ya amplio-, no es menos cierto que la OMS se retractó posteriormente, hecho que interesadamente obvian.

Prohibir el glifosato tendría terribles consecuencias tanto para el medioambiente como para las personas que viven de la agricultura. Supondría un duro golpe para una práctica de bajo impacto como la agricultura de conservación, reducir la eficiencia de los cultivos y usar fitosanitarios más contaminantes y menos seguros en su lugar. A pesar de que todo análisis racional indica que su prohibición no tiene sentido, el ecopopulismo aprovecha su capacidad de influencia para recoger firmas y promover iniciativas ciudadanas en su contra, presionando así a políticos de toda clase.

«La edición genética no aporta ADN externo al organismo: se trata de una modificación que podría producirse de forma natural, imposible de distinguir de un alimento tradicional”

Nuevas tecnologías están siendo desarrolladas. El sistema de edición genética CRISPR -entre cuyos autores está el español Francis Mojicaha pasado su primer examen, en los Estados Unidos, al ser aprobada sin la necesidad de restricciones adicionales con respecto a otro tipo de alimentos. Esto se debe a que la edición genética no aporta ADN externo al organismo, por lo que se trata de una modificación que podría producirse de forma natural, técnicamente imposible de distinguir de un alimento tradicional. Es posible que esto sirva para que se considere natural, librándose así de los ataques de la quimiofobia.

Otro avance que hasta el momento no está siendo objeto de ataques -se estima que pasará a ser comercializada en el 2021- es la carne artificial. Se trata de carne creada en laboratorio a partir de células madre, un desarrollo que supondría la posibilidad de comer carne evitando el sufrimiento animal, así como reducir notablemente el impacto ambiental proveniente de la ganadería. Todo un dilema para quien lleve una dieta vegana, pero sin duda una solución por la que debemos apostar.

«Una sociedad que toma decisiones tan importantes en base a campañas sin rigor científico y recogidas de firmas no está preparada para afrontar los desafíos del presente”

Los Amish -un pueblo que se asentó en los Estados Unidos en la década de 1690 tras escapar de Reino Unido por persecuciones religiosas- tienen entre sus costumbres el rechazo a muchas formas de tecnología posteriores al siglo XVII, como vivir sin electricidad en sus casas. Recientemente han incluido OMG entre sus cosechas – concretamente una variedad de tabaco sin nicotina -, reconociendo que son mucho más productivas desde entonces. No es un argumento en sí mismo, pero el hecho de que ciertos movimientos nos están anclando tecnológicamente al nivel de poder ser adelantados por los Amish debería hacernos pensar.

Todos estos desarrollos científicos son potentes herramientas para la lucha contra el cambio climático, sin embargo su implantación se ve infundadamente frenada por la presión de muchos grupos ecopopulistas. Esto nos muestra cómo la divulgación científica, así como una toma de decisiones políticas adecuada en campos científico-técnicos, son condiciones necesarias para combatir efectivamente el calentamiento global. Una sociedad que toma decisiones tan importantes en base a campañas sin rigor científico y recogidas de firmas no está preparada para afrontar los desafíos del presente.

 


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