La Navidad no es tu excusa para comer mal

La Navidad no es tu excusa para comer mal

En España, según datos del INE, el 17,4% de la población adulta es obesa. De hecho, somos el segundo país más obeso de Europa, por detrás de Reino Unido.
21 diciembre, 2018
Tania Brandariz
Foto: Europa Press.
  • Sanidad

La Navidad no es tu excusa para comer mal

Tania Brandariz
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Un polvorón no hace daño. Tampoco un trozo de turrón, ni uno de rosca. Pero si comemos uno hoy, otro mañana y otro pasado -¡que estamos en la época!- le estaremos regalando al organismo alimentos que, en grandes cantidades, son innecesarios y pasan factura. La Navidad no puede -ni debe- ser tu excusa para excederte con los dulces, las grasas saturadas y los productos ultraprocesados. Esos tres kilitos de más que cojas, ojo, pueden ser una carga para tu salud. Y las promesas de año nuevo, sabemos todas, no se suelen cumplir.

En España, según datos del INE, el 17,4% de la población adulta es obesa. De hecho, somos el segundo país más obeso de Europa, solo por detrás de Reino Unido. La Encuesta Nacional de Salud -del año 2017- nos daba un dato en el que tenemos que reparar: el 62% de los hombres adultos en España tienen sobrepeso u obesidad. Es decir, más de la mitad está exponiendo su salud a múltiples enfermedades, muchas de ellas mortales.

Fuente: INE.

Mucho se ha hablado sobre los factores que potencian la obesidad: edad, género, ingreso calórico, tipo de dieta, actividad física, factores sociales y ambientales y entre ellos, la cuestión genética. En nuestro análisis simplista, cuando una persona con sobrepeso u obesidad nos dice que a pesar de comer sano, equilibrado y de no llevar una vida sedentaria, no puede evitar subir de peso, son muchas y muchos las que miran con desconfianza. El clásico “hay que dejar de comer”. “Es un factor determinante, aunque sí es cierto que la carga que tenga la genética va a depender de cada persona” y “en unas influirá más y en otras menos”, dice Juan Revenga, nutricionista y dietista.

La cuestión genética es lo que más pesa

De hecho, según diversos estudios de la revista Nature la cuestión genética es la que más pesa. Analizando muestras de más de 300.000 personas, los resultados revelaron más de 140 posiciones en todo el genoma que influyen en rasgos de la obesidad, tres veces más que las se conocían hasta el momento, recoge Muy Interesante.

No obstante, las y los niños también están expuestos ya que, además, son especialmente vulnerables porque su educación alimenticia depende, en buena medida, de la que se les dé en casa. Y esto es importante porque la dieta que tenga la persona menor podrá ser determinante para su salud el resto de su vida. “Nuestro peso y pronóstico de salud está condicionado desde el mismo momento de la gestación. El entorno uterino y de desarrollo que ha tenido va a condicionar el comportamiento metabólico” de la niña o el niño “una vez haya nacido e incluso de adulto”, apunta Revenga.

La obesidad desencadena diabetes, artritis e incluso cánceres

La obesidad –que en sí pudiera ser comprendida como una cuestión estética- desencadena múltiples patologías como la diabetes, la artritis, enfermedades del corazón, accidentes cerebrovasculares, problemas renales e incluso, según informes recientes, diversos cánceres. “Acaba de salir un estudio en el que entre el 10 y el 15% de los cánceres están relacionados con la obesidad”, dice Revenga.

En este sentido, la sociedad no nos lo pone fácil, porque existen “unas tendencias hacia comer peor que están por un entorno poco cariñoso. Y cada vez lo tenemos más complicado“, dice el nutricionista. De hecho, Revenga apunta que “la clase social es otro de los factores, porque hay gente que tiene mayor disponibilidad de alimentos porque su entorno es más o menos adecuado, y hay otra gente que en su entorno no tiene esas posibilidades y si las hubiera no tendría, a lo mejor, el dinero”. En definitiva, la obesidad afecta a más a las personas más pobres.

“Sensibilizar desde las escuelas, los entornos urbanos y a los padres”.

Por todo ello, es necesaria la intervención de los Estados concienciando sobre esta epidemia, en la línea de países como, por ejemplo, Finlandia. No nos podemos quedar en acciones aisladas, sino que hay que sensibilizar “desde las escuelas, los entornos urbanos, a los padres” y también “abaratando alimentos más saludables”. Porque la obesidad, sí, afecta más a la gente más pobre, que se ve incapaz de acceder a los alimentos más sanos –por sus elevados precios- y que tiene que optar por productos procesados. Las grandes cadenas de fast-food así lo demuestran. Por eso -y dentro de nuestras posibilidades- tenemos que llevar una dieta equilibrada y también, controlar las cantidades. No tenemos el poder absoluto sobre la vida, está claro, pero lo que esté en nuestras manos, debemos cuidarlo.

Y es que a pesar de que la obesidad desencadene enfermedades mortales y de que las cifras de obesos no dejen de aumentar, no se atiende a ella desde un punto de vista multidisciplinar. Esto es preocupante, porque no estamos ante una cuestión de estética, sino de salud pública. La Administración tiene que intervenir, y lo tiene que hacer porque está en juego la calidad de vida de la gente. “En esta vida hay dos grandes motores por los que se hacen las cosas: una es por amor y la otra por dinero. Y por amor no lo están haciendo”, dice. Parece que aquí, todavía, pesan más los intereses económicos que la vida de las personas.


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